Pelos en la gatera

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Dicen que para innovar hay que arriesgar. Yo diría que en la Administración pública el riesgo es necesario incluso para funcionar. Y, sin embargo, en nuestras administraciones tenemos una aversión al riesgo que raya con lo patológico. Así nos va, claro.

Cuando digo que en la Administración hay que arriesgar incluso para funcionar no me refiero a nada del otro mundo, sino a cosas tan simples como, por ejemplo, la agilización de un trámite sin esperar a que se complete el anterior para no demorar la resolución de los asuntos. El respeto escrupuloso del procedimiento equivaldría a una especie de huelga de celo que paralizaría el funcionamiento de la Administración.

Imagen: La Gatera de Rumbo

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Lo explica bien el catedrático de Derecho Administrativo Alejandro Nieto:

“Si la elaboración del presupuesto esteriliza la imaginación política, la ejecución del presupuesto es la máxima expresión de la desconfianza, y la única forma de hacer cosas es con la ayuda de la trampa y el delito bienintencionados.

Los controles lo único que controlan es si la documentación está en regla; ello estaría bien si evitasen la corrupción y el despilfarro, pero el control es meramente formal y además tiene un enorme costo. Nada puede gastarse si no está presupuestado; si en una granja estatal, donde hay vacas y el precio del forraje sube, lograr el aumento o transferencia correspondiente exige tanto tiempo que las vacas habrán muerto de hambre cuando se consiga el cambio. Si el director de la granja evita las muertes de las vacas por otros procedimientos, será procesado y sancionado.

La solución es dificilísima: “sin tolerancia, la Administración se para indefectiblemente. Y con tolerancia se corre el riego de que el delito no haya sido altruista”. El día en que los directores y los interventores actúen conforme a la ley, la Administración quedará paralizada.”

Nos movemos pues en un contexto que no incentiva el riesgo precisamente, sino que, bien al contrario, promueve las actitudes garantistas de la tranquilidad funcionarial, por más que ello vaya en detrimento de la calidad del servicio y de la eficiencia en la gestión. De alguna forma, podríamos decir que los desvelos de los ciudadanos son el precio que hay que pagar para que los funcionarios podamos dormir tranquilos. Y algunos han metabolizado esta filosofía con tal perfección que deben roncar como benditos.

Puedo asegurar que, si esta es la norma general, casi siempre he actuado a contracorriente y, en especial, durante el tiempo que me ha tocado ejercer mi destino actual. Comparto el criterio de Jordi Sevilla en el sentido de que la actividad política (yo añadiría, también, la administrativa) se debe inscribir en el ámbito del hacer y no del ser. Se está en los puestos de responsabilidad no para ser Alcalde, Diputado o Director General, sino para tomar decisiones y para hacer cosas en beneficio de la ciudadanía, que sería más difícil hacer desde otros sitios. Aunque para ello sea necesario tomar riesgos y aceptar algunas situaciones incómodas.

Así que, amigos y amigas, lo siento si en esta etapa profesional me he dejado algunos pelos en la gatera. Pero no he buscado mi comodidad, sino hacer honestamente lo que en mi humilde opinión me parecía que tocaba. Y no ha sido siquiera para innovar, sino simplemente para funcionar.


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