Confiados en las redes, ¿expuestos en la vida real? ¿Quién se para a leer la letra pequeña?

¿Quién se para a leer la letra pequeña?

Un estudio calcula que cada persona necesitaría de media un mes de su tiempo para leer las políticas de privacidad que acepta a lo largo de un año. Al aceptar las condiciones de uso de determinados servicios el usuario cede el control de uno de los recursos más valiosos hoy día: sus datos

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S. JUSTEL – LA VANGUARDIA

El pasado mes de junio, varios padres londinenses accedían a cambiar a su primogénito por Wi-Fi gratis. Así lo recogían las condiciones de uso de una red publica que los internautas debían aceptar para conectarse. Frente a clausulas abusivas de este tipo ampara la ley, pero el experimento llevado a cabo por la empresa finlandesa F-Secure sirvió para poner el acento en la cuestión: nadie o casi nadie se detiene a revisar ‘la letra pequeña’.

Un estudio de dos investigadoras norteamericanas (pdf) calculaba que un individuo necesitaría de media un mes laborable al año para leer las políticas de privacidad que se encontraba en ese mismo periodo. “Ya no es que necesites un mes, es que no te da ni tiempo para leerlo ni mucho menos para comprenderlo antes de que se descargue el aparato desde el que lo consultas”, bromea Mario Sol Muntañola, socio de Sol Muntañola Abogados, buffete de la ciudad condal con larga tradición en el campo de la propiedad intelectual.

El lenguaje complejo, las traducciones incorrectas o los textos sin adaptar desde la legislación de origen complican su comprensión. De parte del consumidor están lo que Sol Muntañola denomina como “contramedidas”: la legislación de consumidores o la Ley de Protección de Datos, que recortan posibles excesos. “Son los márgenes que se dan para los usuarios, porque el legislador ya sabe que va a decir que sí prácticamente a todo sin pararse a leer”, explica.

“Las condiciones de uso y políticas de privacidad se han convertido en algo tan común, son tan abundantes, que nos sobrepasan y no se les da importancia. Y la tienen”, alerta Jorge Morell, jurista especializado en nuevas tecnologías. “Son la clave para que puedan comerciar con nuestros datos, la gran moneda de cambio de nuestros días”, prosigue Morell. Llave para una publicidad a la medida.

Continuamente, las compañías actualizan sus políticas de privacidad y sus condiciones de servicio para ajustarlas a las novedades que van introduciendo. Uno de los últimos gigantes en hacerlo ha sido Facebook.

Muchos usuarios, como cada vez que se anuncian cambios, han reaccionado publicando en su perfil un texto con el que se oponen a esa política de uso de sus datos. “El mensaje es completamente inútil”, asegura Isabel Mosquera, abogada en Sol Muntañola, “si estás dentro, aceptas sus normas”.

Morell, que dispone de una web donde analiza muchos de los términos que publican las empresas, reconoce que la red social ha hecho un esfuerzo por ser más transparente “con una explicación más resumida, más clara y con un acceso más sencillo a la política de privacidad”. Este último punto es uno de los aspectos positivos que señala de la actualización de las condiciones anunciada por la red social que, a falta de la publicación del texto definitivo, incluye otros elementos como una aclaración sobre cómo funciona el intercambio de datos entre los servicios que son propiedad de Facebook, como Instagram o Whatsapp.

Uno de los aspectos más polémicos es la recopilación de información sobre la localización del dispositivo. Datos que la red social puede utilizar para informar a los amigos del usuario que estén próximos a su ubicación o para ofrecer publicidad personalizada de los comercios de esa zona. “Algunas de estas claúsulas son muy intrusivas. pero sí tú como usuario quieres algunos de esos servicios, has de aceptarlas”.

“La concienciación es el camino. Que la gente vaya dándose cuenta de la importancia”, reflexiona Morell. Una cuestión que obliga a un debate más en profundidad sobre qué tipo de control sobre nuestros datos estamos dispuestos a ceder como sociedad o qué información se quiere suministrar a cambio de qué servicio. “Muchos de los problemas se solucionan con la presión de la gente. La pregunta es si la gente quiere”, concluye Sol Muntañola, “a fin de cuentas, nadie te obliga a estar en Facebook”.

Confiados en las redes Paul-Ferron

Confiados en las redes, ¿expuestos en la vida real?

Gestionar la identidad digital plantea una disyuntiva entre seguridad y confianza, dos conceptos que van más allá de la protección de datos y que se refieren a la experiencia del usuario.

ÁGUEDA A. LLORCA  – LA VAGUARDIA

La proliferación de aplicaciones, servicios y gadgets que acceden indiscriminadamente a los datos del usuario así como los problemas derivados del empleo de las nuevas tecnologías ha situado a la seguridad en el punto de mira de las empresas y gobiernos, y la ha convertido en uno de los aspectos clave de las identidades digitales. Así lo han afirman las conclusiones del Congreso de CA Technologies The Future of Digital Identities in The Applications Economy celebrado el 4 de diciembre Milán y que ha contado con la presencia de expertos internacionales. Pero ¿qué es la identidad digital?

El director de soluciones de seguridad de la compañía, Paul Ferron, la define como “la suma de todos los atributos disponibles digitalmente de un individuo”, una huella que la persona deja en Internet al comunicarse, registrarse online y realizar cualquier transacción. En este marco, preservar la privacidad de sus datos resulta básico pero no suficiente, pues según el estudio What IT Users and Business Users Think about Bring Your Own Identity realizado por el instituto Ponemon, esta identificación puede aprovecharse no solo para reducir el fraude sino también para agilizar la experiencia del consumidor e incluso para generar oportunidades de negocio.

Conocerla “permite a las empresas crear productos y experiencias personalizados en función de cómo interactúa el cliente en la red”, afirma Ferron. Una cuestión que, paralelamente, le atribuye un valor monetario y que resulta muy útil en el sector público, la educación y la sanidad, ámbitos en los que, más que nunca, la información debe estar correctamente protegida pero también regulada por los gobiernos. Por ejemplo, si el historial del paciente es compartido por los distintos profesionales médicos mediante el cloud, estos dispondrán de más información para tratarle. Además, lo ideal sería que interaccionaran con él. Con los transportes sucede algo similar: saber cuáles son los que más usa la persona permite a los ayuntamientos invertir en determinadas infraestructuras, si se necesita un carril bici, etcétera.

En tal coyuntura, lograr la confianza del usuario es imprescindible, una apuesta en la que interviene el software de seguridad, al que las empresas han destinado 21 millones de euros este último año. La simplificación de los procesos de registro, los avisos en otros dispositivos –como cuando se realiza una compra online y se recibe un sms en el móvil-, la validación en varios pasos –un asunto que se plasma en la confirmación en el correo electrónico para darse de alta en una página– y distintas vías que reduzcan el riesgo de fraude son algunas de las premisas de su desarrollo. Otras de las claves para alcanzar el “desbloqueo de la identidad digital” son la transparencia y comunicación entre las compañías y el cliente, la oferta de servicios alternativos y el cumplimiento de las expectativas generadas.


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